![]() ‘FLAMENCO’. Diana Navarro DIANA canta y se te abren todas las ventanas. Las de tu casa y esas interiores que dan a “habitaciones de la sangre” que aún no sabías que podían estar abiertas, ni siquiera que estaban ahí. Hace Diana su ‘Flamenco’, este homenaje suyo al flamenco que ahora nos propone, como una ofrenda de respeto a sus mayores. Y con sus ayes el invierno ya no enfría y el sur se vuelve más al sur todavía. También en lo cabal su temblor se vuelve inabarcable. Hace tiempo que esta niña ya crecida se subió el corazón a la garganta y de ahí no parece muy dispuesta a bajarlo. Con el corazón canta esos ‘abandolaos’ con los que homenajea una vez más a su tierra malagueña, la misma donde empezó a respirar la vida junto a las playas de su barrio. Junto a un Mediterráneo que se vuelve Atlántico al llegar a Cádiz. Tacita de plata a la que también se le rinden honores en este disco con unas juguetonas ‘cantiñas’, ese mismo Cádiz por donde entraron con los barcos que volvían de América los cantes de ida y vuelta que Diana baila con la voz en este ‘Flamenco’ tan de ella. Así lo hace en la ‘guajira’. Y como doble homenaje en esta delicada ‘milonga’. Homenaje a aquellos cantes americanos, y homenaje a la mujer que la cantó. Homenaje a quien no sólo mantuvo otro corazón en su garganta a la hora de cantar, sino también los ojos. Con su garganta nos miró siempre aquella grande que leía con sus dedos de anciana a García Márquez, Dolores Jiménez Alcántara, conocida como la Niña de la Puebla en recuerdo a su pueblo sevillano. A ella también rememoran esos ‘campanilleros’ por los que aquí Diana reza el mismo Padre Nuestro que aprendió de pequeña, aferrada a esa espiritualidad que la hace estar menos sola, como lo está todo artista de verdad cuando se sube a un escenario la primera vez y ya entiende que ese envite será para siempre. Sola, pero nunca sola gracias a un público que la lleva en volandas de escenario en escenario desde que aquel primer éxito, aquel ‘Sola’ aquí acompasado en medía 'granaína', la sacó de los pequeños escenarios de las peñas de las ferias andaluzas y la elevó a los de los auditorios y los teatros del mundo. Acompañada en todo momento por el recuerdo y la inspiración de otros grandes como la Niña de los Peines, Pepe Pinto y Valderrama, a quienes también transita con respeto declarado en este disco. Acompañada por el desaparecido, tan temprano, Enrique Morente, a quien va dirigida la ‘caña’ que aquí derrama la Navarro, junto a Antonio Campos, cantaor que ella ha querido descubrir aún más en este ‘Flamenco’ suyo; y junto a la guitarra de Juan Antonio Suárez Cano. Acompañada como lo está siempre en su cante por aquellas gigantes de la copla de las que bebió los primeros tarareos de chica. A la más elegante señora que ese género ha dado dedica también uno de sus éxitos, La Loba, por ‘bulerías’, Marifé de Triana, a quien nunca se le rendirá del todo el gran homenaje que le desean quienes la admiramos como artista y como mujer de arte. Con el fandango Diana nos hace sangre en los labios, es lo que tiene el beso del talento. Caracolea como en una sevillana por Huelva y le contesta a Antonio Campos como lo haría la gracia de Dolores Abril con Valderrama, aunque sin tratar de parecerse a nadie ninguno de los dos. Porque entre estos cantes y los maestros del cante media la distancia inapelable y buscada por Diana Navarro del Respeto, escrito con mayúsculas. El mismo respeto ancestral y grande que provoca una y otra vez Diana al cantar la saeta entre quienes la escuchan. Saeta y Diana, una clavada en la otra sin perdón. Y entonces ya hay que callarse…
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